En principio estoy de acuerdo con Juan, las normas pueden mantener lo esencial del patrimonio para no perder su identidad. Aunque creo que en otras ocasiones estas normas deben ser revisadas o debatidas puesto que aquellas son en muchos casos concretos: interpretables, mejorables o incluso erróneas.
Por otra parte el rigor ciego en la norma, adoptada por las administraciones, fuerza situaciones de tensión que sólo impiden un buen desarrollo de la ciudad o incluso "hacer las cosas a escondidas y peor".
juanfmurillo
La renovación siempre es deseable, y es lo que una ciudad como Córdoba lleva haciendo durante más de 2.000 años. El problema radica en fijar los límites entre renovación y transformación... Hasta hace prácticamente un siglo, esos límites estaban contenidos; ahora, tanto las nuevas tecnologías de la edificación como determinadas "demandas sociales" los han dilatado, generando unas tensiones que sólo las normas protectoras ( no proteccionistas) pueden contrarrestar.
Y como le pasa a la propia cultura humana, la ciudad es cambiante y siempre está en proceso de transformación. Creo que un patrimonialismo mal entendido impide que algunas partes de la ciudad puedan renovarse y encontrar la forma de albergar los usos urbanos de nuestro tiempo, y que devolverían la vida urbana a esas partes.
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